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Suele ser la experiencia la mejor de las precauciones, ya se sabe, por aquello de no darse de bruces dos veces con la misma piedra, y por eso causaba cierta extrañeza la veloz gestión del Cajasol con Douglas, operación que desde la perspectiva que dan los precedentes con los americanos podía entenderse cual salto al vacío sin red de seguridad que amortiguase la caída. No es así. Anunció el club a mediados de la semana pasada que reclutaba al panameño, y que lo hacía hasta final de temporada, pero lógicamente no podía comprobar su estado de forma antes de firmarlo ni intuir, por el mero intercambio del diálogo (Plaza no había hablado hasta el domingo con él), con qué grado de compromiso arribaba a un Cajasol que ha huído del vedetismo que nace de la exacerbada individualidad por un perfil de equipo modesto que todo lo que ha conseguido se lo ha trabajado desde la afanosa y sacrificada tarea del picapedrero. Por eso Plaza quería mirarlo “a los ojos”.
La duda sobre la letra pequeña la resolvió el técnico. El contrato contiene una serie de garantías para el club: la primera, que se le rescindiría a los quince días (se supone que llegará para la Copa; si no, menudo chasco) si la predisposición competitiva de Douglas o cualquier otro factor evaluable no convenciera a Plaza, que dio a entender el domingo que el mercado está tan cortito de recursos a los que echar manos como ajustados los números del Cajasol para embarcarse, así porque sí, en una operación con evidentes riesgos. En el fondo, las especificaciones del contrato son lo de menos, porque más allá de la forma lo que subyace es el contenido, el hecho de que quien saldrá perdiendo en cualquiera de los casos será el jugador si es que el entrenador no cree apropiados ora su estado físico, ora su actitud, para involucrarse en un grupo ya hecho que no entiende de tenores y sí de arrimar el hombro, de echarle leña a la caldera, que no hay manera de ganar si antes no se ha sudado la camiseta. Quien llegue a este vestuario tiene que colgar el esmoquin en la taquilla y coger el pico y la pala. Entender el concepto es sencillo. Otra cosa bien distinta es metabolizarlo, tener la dureza mental y, sobre todo, la humildad suficientes para que, tal como ha hecho Radenovic, un chico que, no se olvide, llegaba nada más y nada menos que del CSKA Moscú, cualquier cosa oiga, entienda que hay un grupo formado, una rotación sólida y que Plaza no da minutos a nadie atendiendo a su currículum. Quien los quiera, que se los trabaje.
Dicho esto, no se pone en duda el talento de Douglas, demostrado en sus años en Europa, en los que se ha convertido en un reputado cañonero saliendo de bloqueo, su especialidad. Que nadie espere, no obstante, un jugador capaz de fabricarse sus propias canastas porque en ese caso puede que no esté analizando al panameño bajo los parámetros adecuados. Douglas tiene buena muñeca, incluso defiende razonablemente bien sin ser un prodigio en esta faceta, y tampoco puede olvidarse que se trata de un perimetral ciertamente excepcional pero guadianesco, un tanto inconsistente, laguna que ya le pasó factura en Valencia, y no sólo en su tercera temporada sino también en la primera, cuando alternó actuaciones calamitosas con otras excepcionales. Se conviene que un tirador así necesita el Cajasol, aunque partidos de la solvencia como el resuelto ante el Estudiantes casi lo desmientan. |